Giovanni Randazzo, ese curioso retratista abstracto por Rufo Caballero

Giovanni Randazzo, ese curioso retratista abstracto

 

Con frecuencia he escuchado que la mejor manera de reconocer a un hombre envejecido es hacerle hablar del pasado. Si ese hombre insiste en que cualquier tiempo pasado fue mejor, estamos, resueltamente, ante un anciano.

Ese método me ayuda a comprender cuánto he envejecido, porque ahora mismo recuerdo la década de los noventa como un tiempo glorioso. En su momento, nos pareció un decenio difícil, mucho menos exultante que los ochenta, los que habían reproducido, a su manera, el fulgor de los sesenta. Pero si recortamos el presente del fondo de los noventa, repararemos en que fueron aquellos, todavía, unos años gloriosos. Al menos ciertos países no tenían el impudor de generar guerras y genocidios para nivelar su moneda, y la gente era feliz, y el mundo parecía aún bastante cierto, y la gente defendía el valor del espíritu, la sensualidad no estaba reñida con la inteligencia, y el reguetón era todavía minoría.

En semejante contexto, conocí a Giovanni Randazzo. Por alguna circunstancia que dependió –como anticipación- de la amistad y del conocimiento, me fui a Colombia por un semestre, a dictar Teoría de la Cultura Artística en la Universidad de Los Andes. Fueron meses espléndidos, de una docencia muy agradecida, pues un poco por el tono chic de la Universidad, otro poco por lo cara que era y es, y otro, aún, porque a algunos estudiantes ciertamente les costaba mucho esfuerzo y mucho sudor, los alumnos devoraban las clases y los libros, y exprimían al profesor en cada tema. Tuve desde luego excelentes alumnos, pero, de todos, el mejor era sin duda Giovanni Randazzo.

Giovanni poseyó siempre una extraña mezcla entre sensibilidad e inteligencia. Sus razonamientos eran sumamente agudos, le asistía el pensar en abstracto, la habilidad de encontrar relaciones entre fenómenos aislados, etc., pero ni uno solo de sus criterios dejaba de tamizarse por el sentimiento, por el compromiso de los afectos, por el prisma de la sensibilidad y la emoción. La inteligencia de Giovanni siempre fue muy creativa, muy generadora; su pensamiento no operaba por reflejo o reproducción, sino por inventiva. Recuerdo que era tozudo y más de una vez nos enfrascamos en soberbios debates sobre el mundo contemporáneo y los cruces difíciles entre la ética y la estética. Era, al tiempo, un ser querible, entrañable, que se las jugaba todas en cada juicio, y se hacía interrogantes continuamente. Siempre con la nobleza y la integridad como paradigmas inamovibles de toda experiencia. Giovanni no tenía demasiadas respuestas, sino que investigaba siempre, aprendía en cada gesto. Iba conociendo el mundo, aprovechaba el aprendizaje. De hecho, en homenaje al nomadismo que de inicio implicaba su propia ascendencia familiar y el cruce con la realidad colombiana (atención: esto no es mucho más que un chiste), se fue a conocer el mundo, literalmente, un poco como el personaje de Chris en la más reciente película de Sean Penn.
Regresa ahora con esta pintura, cuyo primer atributo es la madurez. Luego explicaré por qué me parece una pintura atronadoramente madura.

Aunque describirla puede ser ingenuo, valga decir que los códigos abstractos de Giovanni militan, de alguna forma, en la tradición informalista que cuenta ya con más de medio siglo. No en el sentido matérico o en el estricto dripping, sino en la dirección de la gestualidad de la pintura. En las piezas de Randazzo importa la violencia de la mancha, la fuerza del color, sea cual sea la expresividad de la obra. La aplastante belleza de los lienzos transita la mayoría de las veces por un denodado expresionismo de las formas y del fondo; del trasfondo, valdría decir. A veces efusiva; a veces triste y apagada, la paleta del artista se pasea por los más dispares tonos y registros, pero resulta siempre excelente. En algunos casos, lo informal se expresa mediante una línea frágil, sinuosa, discontinua, una especie de línea incierta que recuerda vagamente la impronta de Paul Klee en todo el arte posterior. En esos o en otros casos, la composición se permite una suerte de caos, de desorden mental, donde queda claro que el mundo de Randazzo es el mundo del sentimiento y no el de la razón cartesiana.

Claro, eso a nivel de la expresión, porque en el proceso de la hechura no puede ser más evidente que la espontaneidad del sentimiento, de la sensación, depende de un raciocinio cabal y demoledoramente riguroso. Nada es tan difícil de conseguir en el arte como la imagen de naturalidad y desembarazo. La pintura de Giovanni logra fluir como se proyecta el subconsciente: como un raudal sin frenos ni tapujos, como una fluencia grumosa, inevitable. A menudo se nutre de las tensiones entre cultura y naturaleza, universo y aldea, centro y periferia, bien y mal, femenino y masculino, etc. Pero lo interesante radica en que el artista no parece estacionarse en ningún extremo, sino que disfruta el espacio entre los límites, los valores intermedios que hacen la riqueza del diálogo. Ese montaje de lo incierto, de lo enigmático, de cuanto escapa a la definición, importa sobremanera al creador. De ahí que la gama de los grises se le de con tanta gracia.

Quien conozca a Randazzo sabe que estas pinturas lo desnudan por dentro. Uno las mira y está viendo al Giovanni de adentro (el que, por cierto, es también el de afuera, pues estamos frente a un hombre todo sobriedad e introspección); en ese sentido, el primer mérito del artista no reside en la virtud fascinadora ni en la dimensión contemplativa de su obra, sino en la resolución de la siguiente paradoja: las abstracciones son un autorretrato.

Aquí mismo hemos llegado al quid del asunto. Randazzo no elige el código; Randazzo no puede pintar otra cosa. ¿Por qué? ¿Acaso el código lo elige a él, en una especie de sobrenaturaleza? No. Giovanni llega a la abstracción por el camino de la esencia: arriba a la abstracción pictórica como efecto de la abstracción del pensamiento y de la conducta hacia el mundo. Teniendo como tiene la capacidad de desembrollar decenas de problemas y misterios que asisten a la condición humana, estoy seguro de que el comentario figurativo se le aparece como un descriptivismo impropio, informe, pasajero. A Giovanni no le interesan los paisajes exteriores sino los paisajes del adentro, esos que se vuelcan entonces en el lienzo como un horizonte natural que recuerda, por carambola, los paisajes del afuera.

En esa operación está la médula del trabajo de Randazzo, para quien la confesión emocional y la comunicación de impresiones y estados de ánimo dicen y aportan mucho más que la disección intelectual estricta. Recuerdo que muchas veces coincidió conmigo en cuanto al valor de la metáfora, la que puede decir bastante más que diez conceptos puros. Ahora parece aplicarlo a sus lienzos, pero con una franqueza adicional: no se complica con el grosor del tropo, sino que observa el libre fluir de la pintura, como libre y descomplicada se ofrece la misma vida.

Pero, todavía, resta otro indicio de madurez: las llameantes espaldas que da el artista –como un portazo- al tema de los modismos y los oportunismos que frecuentan el mundo del arte. Sabemos que la vanguardia se pone vieja más pronto que la academia, y si en la primera mitad del XX la abstracción devino la gran consumación del paradigma autónomo del arte (¡abajo la referencia, abajo la semejanza, abajo la contingencia!), ya hoy parece un lenguaje viejo a quienes viven a expensas del último grito. Giovanni comprende, entretanto, que no hay lenguajes viejos ni nuevos: hay artistas, tonos, posibilidades, opciones culturales, y nada es mejor que nada por su misma naturaleza. Todo depende del tratamiento, del contexto, de la intensidad. Además, ¿después de los neo, los pos, las trans, qué más? En pintura, ya todo se probó y se regresa de cualquier empacho, porque, ¿cuál es la novedad? ¿Dónde está lo novedoso en un universo artístico donde murió para siempre –por suerte- el mito de la originalidad, y donde la cultura se brinda como una práctica caníbal, como un tejido trabado y no jerarquizable?

Hombre informado (si bien conocedor de cómo la cultura es algo mucho más complejo que la erudición), sabe que en los grandes eventos del arte contemporáneo, en las primeras bienales y las muestras más prestigiosas, acaso se reproducen ciclos, o sencillamente conviven la instalación y la pintura, el arte efímero y la escultura, la performance y el grabado, el objetualismo y el dibujo, lo conceptual y lo sensorial. A Dios gracias, se acabó la tiranía artística de unos lenguajes sobre otros, para que la creación se manifieste como un repertorio de lo posible, dispuesto a cualquier variación, y donde “el artista suficientemente bueno” lo es no por el carácter del código sino por la peculiaridad y la intensidad que consiga dentro de él.

De suerte que la pintura de Randazzo es una pintura doblemente culta: en lo más evidente, por la riqueza de la morfología; en lo más profundo, por la madurez y la consistencia de la filosofía que permanece por debajo o por encima de los signos plásticos. Me alegra sobremanera que Randazzo haya arribado a este punto, con tal grado de libertad y de holgura, sin entregarse a fanatismos, premuras, arribismos. Con una serenidad envidiable.

No puedo negar, pueril sería intentarlo, que me alegra el triunfo del amigo, pues, con los años, Giovanni ha pasado de mi alumno a mi colega, a mi amigo. Pero todo el que me conoce sabe que si no fuera tan bueno como lo es, me haría hoy el sueco, me hubiera tomado dos copas con él y no hubiera escrito una palabra. Los ejemplos sobran. Pero si la vida te regala la certeza de que un buen amigo es asimismo un creador excepcional, te descubres de súbito dando las gracias al por mayor.

Siempre lo supe: Giovanni Randazzo llegaría lejos. Y lo mejor: con sobriedad, sin escandalitos de adolescente, sin facilismos ni embrujos de última hora. Respondiendo, como en su día Vasili Kandinsky (cuyo texto “De lo espiritual en el arte” sigue siendo una biblia para él), a una profunda necesidad interior. El sentimiento manda. La autenticidad de un diálogo con el mundo que se expresa como un río caudaloso, no tropeloso, a su manera sosegado.

 

Rufo Caballero

La Habana, marzo y 2008.

 

 

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Rufo Caballero (Cárdenas, Cuba, 1966) es ensayista, crítico de arte y medios audiovisuales. Doctor en Ciencias sobre Arte. Profesor Titular Adjunto de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana (donde dicta Crítica Audiovisual y Televisión y Video), como del Instituto Superior de Arte. Asesor de dramatizados en la Televisión Cubana.

Ha publicado varios libros, entre los que cuentan América clásica, un paisaje con otro sentido (Unión, La Habana, 2000); Rumores del cómplice, cinco maneras de ser crítico de cine (Letras Cubanas, 2000); Sedición en la pasarela, cómo narra el cine posmoderno (Arte y Literatura, 2001); Un hombre solo y una calle oscura. Los roles de género en el cine negro (Unión, 2005), y Cine latinoamericano: Un pez que huye (Fundación Autor, 2005). Posee el Premio de Ensayo sobre Cine en Iberoamérica y el Caribe (La Habana, 2004), y el Premio de Ensayo Hispanoamericano Lya Kostakowsky (México, 1999). También, el Premio Anual de Investigación Cultural (1999), el Premio Nacional de Crítica Cinematográfica (2001) y el Razón de Ser (2003).

En varias oportunidades ha recibido los Premios José Manuel Valdés Rodríguez y Eduardo López Morales, concedidos en Cuba a la crítica e investigación sobre medios audiovisuales. En 2003 le fue conferida la Distinción por la Cultura Nacional. Ha dictado cursos, talleres y conferencias en Estados Unidos, Portugal, Italia, Argentina, México y Colombia, entre otros países.

 

PAINTING

 

Dark forest

Dark Forest

Ignoring politics

Laniakea

Shepherd Moons

Dystopia

Dark forest

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Spleen

+ 2010

+ 2009

Psychographie fantastique

Anima Animus

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Incubo

Garden of earthly delights

Paysage Intérieur

Acid Trópico

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